Pero aunque quisiera, no podría
quedarme. De las cosas he aprehendido mi propia naturaleza. Las
raíces no son más que intentos del yo. Pero lo que realmente dura
es todo, y eso solo puede la mente suponerlo: el día y la noche será
mucho más largos que un día y una noche; mi estancia contigo durará
toda nuestra vida o hasta el olvido.
El olvido es otro engaño más. La
realidad solo se rehace, pero no se pierde. Y así es que en
cualquier momento puedo irme a otra habitación, a la que tu voz no
llegue, en la que mi oído te confunda con el roce de las cortinas o
el crujir de una puerta. Y puede que luego me vaya de esta casa a
donde tu vista ya me confunda y me incluya en la danza de sombras de
un horizonte líquido que se derrite frente al sol en fuga. Y todavía
podré irme más lejos. Dejar estas tierras, cruzar mares o
cordilleras, dejar atrás este idioma. Y como dijo el sabio, puede
que entonces nuestra imaginación y nuestra memoria no sepan ya
dibujarnos el uno al otro tras los párpados, creando la única
distancia real que pueda separarnos: el olvido.
Pero recuerda que el olvido no es real
aunque exista. Solo en un mundo en el que el todo incluye a la nada
es esto posible.
Tú y yo, tú y todo, siempre estaremos
unidos, siempre lo hemos estado aunque solo tengamos un parpadeo para
verlo. Incluso cuando abandonemos esta conciencia incierta hacia la
madre de toda incertidumbre.
Ahora, tú que tienes un nombre, una
raza, un idioma, una nación y en mí un amigo, bebe del vaso que te
convido y si tienes hambre en seguida dispondré la mesa con todo lo
que pueda ofrecerte. Siéntate en el cojín que más seduzca a tu
vista. Cámbialo luego por el que más mullido sea. Tómalos todos si
lo ves preciso. Hablemos de nosotros. De cuita y afrentas, haciendas,
el cielo incierto y las lluvias, el infierno de la pobreza de los
necesitados. Aquí sentados, enumeremos las mil inútiles soluciones
que vienen a nuestra mente para poner el mundo de las personas del
derecho.
Yo te oigo, tú me oyes, y un pequeño
fragmento invisible puede flotar en el aire de este diván y posarse
en tu mano, habiendo alzado el vuelo en mi aliento. Seamos nosotros,
tú y yo, mientras todo lo demás es, y no reparemos en que más allá
de nosotros estamos todos.
Tu vaso aún sangra, pero el mío está
vacío. Eso es porque tú bebes a sorbos y yo a tragos; en alguna
parte un sol anciano engulle sin masticar mundos enteros que no
conoceremos nunca tú y yo. Pero la intuición no te engaña: ahora
somos como ese sol nutriéndonos de lo que él jamás sabrá hasta
que no haya unido nuestros seres el viento de la inmortalidad, el
flujo del todo.
Permite que te escancia té amargo. La
noche de hoy ya viste de negro y plata las colinas y no conviene
despedir a un invitado sin darle algo con lo que aliviar el penoso e
incierto camino de vuelta. Será la mortaja de lo que hoy y solo hoy
fuiste y quedará su marca en tu paladar como queda la de cada
atardecer que tus ojos atraparon. Yo vine a ti masticando los últimos
trozos de lo que soy, recordando una disputa ya lejana con una
criatura de litoral. Tú puedes irte con la promesa de que jamás nos
separará más que el fino velo que la vida teje alrededor de sus
criaturas sensibles con el fin de que no se pierdan en la inefable
inmensidad del todo que una vez fueron y siempre serán.
Que la paz sea contigo.
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