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domingo, noviembre 30

Perihelio

No pude ir a verte, lo siento. Le prometí a la Mar que iría a verla. Y a sus olas que me tomaría tiempo para admirar su danza, y a la brisa que le dejaría esparcir mi aroma y beber la humedad de mis hojas o mi frente.
Mira, aquí en este pedacito de piel noté la caricia del viento. ¿Lo ves? ¿No? Bueno, pasa la lengua, o un dedo húmedo, y verás que sabe a sal. Da igual.
Tuve que ir. Cuando llegué me encontré con la Luz, y me ensañé con mis cosas y las dejé a su alcance para verlas y que ellas me viesen a mí.
Me senté en la mandíbula batiente del litoral, desnudo de alma para arriba; fui achicando las arterias de mi más profundo ser, derramando su contenido sobre la arena; casi vacío de mí, tuve el tiempo justo para hablar con todo lo demás antes de que también mi voz se precipitase sobre la esponja del suelo. Por supuesto hice preguntas que no recuerdo, preguntas que no haría yo estando lleno de mí. Pero eso es porque fuera de mí ya volaban mi duda y mi memoria. Yo ya era como la roca que simplemente es, sin complejidades, o lo que es lo mismo, sin razón ni intelecto en busca del rizo más rizado, en busca de la curvatura del triángulo.  Me abandoné y fui existencia sin observador, fui masa en suspensión, y a mi través fluyó todo lo que es y fluye.
¿Cuánto tiempo pasé en este estado?
¿Cuánto tiempo te hice esperar?
Mi memoria bailaba en la espuma, pues eso es lo que hace siempre que es libre de vagar por las salas del tiempo: volver a la feliz infancia.
Mi vista se perdió en las nubes que siempre la maravillaron.
Mi amor volvió a una tinaja eterna de la que se negó a salir por su propia voluntad.
Mi felicidad y mi tristeza se sentaron a cierta distancia y se observaron con calma, asombrándose de la cantidad de cosas que tienen en común cuando no las separa mi consciencia.
Mi muerte dejó de acecharme y simplemente puso los pies en remojo mientras esperaba a  que también mi aliento se fuese con las demás de mis cosas.
Mas no fue así como sucedió. Tras un tiempo sin tiempo, pude ser muchas cosas, dejando que lo que existe fuese a través de mí. Y de entre todas las cosas que me atravesaron solo una encontró en mi carne su hogar y en sus venas su nutriente: mi emoción.
Así ocurrió que justo cuando un pequeño cangrejo trataba de arrancar un pedacito de mi ropa, todo lo que es manifestación del alma estalló en mi interior. La convulsión creó internas brechas en mi cuerpo que como vías de agua a un interior seco y presurizado, succionaron hacia dentro todo lo que me es propio: a mi memoria, con el pasado dormido a su espalda, extenuados ambos de tantos juegos y trotes, con los labios morados y las manos arrugadas de la sal; a mi tristeza y a mi felicidad, idénticas como imágenes quirales; a mi amor, de la mano de mi nostalgia, buscando acomodo entre mi pasado y mis ojos, rellenos de mi visión que volvió de los altos cielos y las blancas nubes. Y a mi voz, que tras una consulta rápida con mi memoria, supo volver a decir.
Lleno de nuevo de mí, me incliné hacia el pequeño cangrejo y le dije: ''Hoy no''.

Siento haberte hecho esperar, no haber ido a verte.
Estaba dejando de ser y por eso no atendí a tus llamadas. Y ahora que vuelvo a ser, quisiera estar, contigo, hermano.

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