Barra de navegación

lunes, febrero 9

Aries

Pero aunque quisiera, no podría quedarme. De las cosas he aprehendido mi propia naturaleza. Las raíces no son más que intentos del yo. Pero lo que realmente dura es todo, y eso solo puede la mente suponerlo: el día y la noche será mucho más largos que un día y una noche; mi estancia contigo durará toda nuestra vida o hasta el olvido.
El olvido es otro engaño más. La realidad solo se rehace, pero no se pierde. Y así es que en cualquier momento puedo irme a otra habitación, a la que tu voz no llegue, en la que mi oído te confunda con el roce de las cortinas o el crujir de una puerta. Y puede que luego me vaya de esta casa a donde tu vista ya me confunda y me incluya en la danza de sombras de un horizonte líquido que se derrite frente al sol en fuga. Y todavía podré irme más lejos. Dejar estas tierras, cruzar mares o cordilleras, dejar atrás este idioma. Y como dijo el sabio, puede que entonces nuestra imaginación y nuestra memoria no sepan ya dibujarnos el uno al otro tras los párpados, creando la única distancia real que pueda separarnos: el olvido.
Pero recuerda que el olvido no es real aunque exista. Solo en un mundo en el que el todo incluye a la nada es esto posible.

Tú y yo, tú y todo, siempre estaremos unidos, siempre lo hemos estado aunque solo tengamos un parpadeo para verlo. Incluso cuando abandonemos esta conciencia incierta hacia la madre de toda incertidumbre.

Ahora, tú que tienes un nombre, una raza, un idioma, una nación y en mí un amigo, bebe del vaso que te convido y si tienes hambre en seguida dispondré la mesa con todo lo que pueda ofrecerte. Siéntate en el cojín que más seduzca a tu vista. Cámbialo luego por el que más mullido sea. Tómalos todos si lo ves preciso. Hablemos de nosotros. De cuita y afrentas, haciendas, el cielo incierto y las lluvias, el infierno de la pobreza de los necesitados. Aquí sentados, enumeremos las mil inútiles soluciones que vienen a nuestra mente para poner el mundo de las personas del derecho.
Yo te oigo, tú me oyes, y un pequeño fragmento invisible puede flotar en el aire de este diván y posarse en tu mano, habiendo alzado el vuelo en mi aliento. Seamos nosotros, tú y yo, mientras todo lo demás es, y no reparemos en que más allá de nosotros estamos todos.
Tu vaso aún sangra, pero el mío está vacío. Eso es porque tú bebes a sorbos y yo a tragos; en alguna parte un sol anciano engulle sin masticar mundos enteros que no conoceremos nunca tú y yo. Pero la intuición no te engaña: ahora somos como ese sol nutriéndonos de lo que él jamás sabrá hasta que no haya unido nuestros seres el viento de la inmortalidad, el flujo del todo.

Permite que te escancia té amargo. La noche de hoy ya viste de negro y plata las colinas y no conviene despedir a un invitado sin darle algo con lo que aliviar el penoso e incierto camino de vuelta. Será la mortaja de lo que hoy y solo hoy fuiste y quedará su marca en tu paladar como queda la de cada atardecer que tus ojos atraparon. Yo vine a ti masticando los últimos trozos de lo que soy, recordando una disputa ya lejana con una criatura de litoral. Tú puedes irte con la promesa de que jamás nos separará más que el fino velo que la vida teje alrededor de sus criaturas sensibles con el fin de que no se pierdan en la inefable inmensidad del todo que una vez fueron y siempre serán.

Que la paz sea contigo.