Del espacio, de las
mujeres, los humores, las tardes noches,
los vecinos, sus coches,
sus alardes, la suerte de
según a qué lado se encuentre uno del alambre
de espino.
De las rosas, de los
claveles, del misterio de las flores y la añoranza de sus olores.
De plazas que no huelen,
letras que son cartas que no se enviaron porque eran demasiado
personales para resonar en
esas mentes, esos quienes,
los que deben dar sentido
a la alquimia de hacer frase mis quehaceres,
mis pájaros que migran,
mis retales de pieles
que les vistan de un yo
parecido al suyo.
De un nosotros íntimo en
lo público.
De lo poco que me cuesta
estar loco, los recuerdos de la tierra lejana de la niñez,
de escamas que se van
desprendiendo, de los senderos que a penas formamos
en el ligero paseo que es
la vida, de las fechas finales,
del agua, la nostalgia
uterina, lo concreto,
lo que se nos escapa, lo
que nos atrapa.
De lo que oculto y no me
deja ser libre, los terribles secretos de ser humanos,
los pequeños misterios,
de creerse único en el ciclo..
De todo eso, de todo,
querría escribir.
Transmitir hasta la
vibración de estas que estás y escuchas,
escuchas y vibras por
percepciones ambiguas de un algo más.
Algo que hace que me ames
por un momento porque ese algo también está
dentro de ti y te das
cuenta ahora que te lo cuento.
Si hablan las calles, si
cantan, más bien, si cantasen,
sería en coros.
Y yo con una sola voz y un
solo yo
intento beberme esta
tempestad que es el sonido de la calle
a morro.
Para devolver la
exhalación que me recuerde que aún vivo
y aún soy capaz de
hacerla callar
para que me escuchen.
Saciar mi sed regalando mi
voz en torno a la hoguera,
eludir la barrera de la
piel en cien historias que hacen un uno
indivisible en la memoria
colectiva.
De cómo las fantasías
cobran vida y se quedan
con nosotros, en nosotros.
De eso quiero escribir.
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