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lunes, noviembre 17

Redoxi.

Un, dos, tres. La cabeza de la cerilla recorre la longitud del rascador de fósforo. En un punto la temperatura sube, alcanza la necesaria para la ignición. Un sonido arenoso, un brillo frenético y la llama se alza y se serena sobre el cadáver de la cabeza consumida.
Allí fuera está el mundo que tanto me preocupa. Aquí, sentado frente a la ventana, estoy yo mirando a escondidas el mundo que tanto me preocupa. ''Si no te pones las pilas el mundo se te va a comer, cariño''. Levanto la cerilla que arde y la llama se interpone entre mi vista y el paisaje: parece que la ciudad prenda sin saberlo. Yo pienso que desde allí fuera, para un observador sensible, son mis ojos los que arden al otro lado del misto Pero solo es para hacerlo parecer poético. Puro recurso. A veces pienso que tengo más de tea que de humano.
¿Por qué humano? ¿Por qué no hormiga? Como las que se pasean por encima de mi escritorio. Llevan siglos siendo como son, al igual que mis dudas e incertidumbres. Descubro que todo esto que vivo es solo una vida más y que mucho antes de que empezase ya habían concluido millones jamás resueltas. Leo y escribo, alimento la eterna reiteración y vuelco las mismas preguntas sobre distinto papel.

A mi también me cuesta mucho trabajo el quererte como te quiero, y tampoco encuentro quien me compre esta tristeza que intento disfrazar de literatura. Y este sufrimiento de qué, si al final todo va a parar a la nada y al olvido. ¿Entiendes? ¿Por qué deberá preocuparme? ¿Por qué debería hacer algo? Si puedo vivir como delincuente, si puedo vivir feliz, también puedo vivir como planta, o vivir como el agua de la acequia. Estoy irremediablemente atado a la vida y a la muerte, ¿por qué perder tiempo en pensar si quiera?

No, entiendo que no es lo correcto ser junco al viento de la eternidad sin intentar crecer y luchar. Entiendo que estar vivo no es necesariamente vivir. Que pudiendo ser feliz es un despropósito entregarse a la inercia del malestar. Pero me fallan las fuerzas, no encuentro una mano que me saque del pozo, y parece que el mañana siempre trae la promesa de que habrá otro pozo. Me corroe el cinismo y nubla mis sentidos, transforma  mi decadencia en algo tan cotidiano...

Y que sabrán los que se me parecen pero no son yo. Todos esos pies en incansable movimiento, que cuando unos se alzan y descansan otros se calzan y salen. Lo siento, le pisé, pero es que el autobús va muy lleno y no se de qué se siente tan seguro si a penas nos separa fina piel y abrigo. No entiendo su mirada, no entiendo lo que me dice. ¿Que qué me pasa? Nada, simplemente no le entiendo. Pero a diferencia de usted yo no intento fingir que sus palabras tienen sentido para mi. Por eso me gusta hablarle extraño y hacer que se sienta raro e incómodo. Solo intento equilibrar la balanza y hacerle partícipe sin saberlo de mi verdad. ¿Policía? ¿Madurar? Disculpe, ahora me está gritando y sin darse cuenta también me está pisando. Pero me da igual, no pienso decirle nada que le haga pensar que puede razonar conmigo. Yo soy un mono con ropa y en principio estoy aquí para comer plátanos. ''Eh pero mirad cómo usa las manos, es impresionante que se nos parezca tanto''. Pero como todo lo que una vez fue salvaje, tengo en mi pecho un instrumento de percusión que se quedó mudo  al apretarle los cordones de las zapatillas, al abrocharle el último botón de la camisa. A veces creo recordar esa melodía, ese tamtám cavernario. EL grito de desolación de perros con ropa. Ese chillido de rabia. Esa rama áspera que cruje bajo el peso de mis imaginarios equilibrismos. Este... este autobús. Y me siguen hablando. ¿Cómo era eso de enseñar los dientes? Mejor que me tomen por loco y me bajo en la siguiente aunque no sea la mía.

Mato otro día, muero con él y se acaban los pensamiento. Ya mañana lo soluciono.

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